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Neuroanatomía de la música

  • DAVID GAMELLA
  • 27 nov 2025
  • 7 Min. de lectura

De la vibración en el aire a un recuerdo que te pellizca por dentro (y lo que esto significa para la musicoterapia. Viaje interior del sonido por el cerebro


Hace unos días, en clase de habilidades terapéuticas con el alumnado de Musicoterapia en el Máster de UNIR, surgió una de esas preguntas que parecen simples… hasta que te das cuenta de que son un abismo precioso: ¿qué hace la música en el cerebro? De esa conversación nace esta entrada, que acompaña al Episodio 5 de la SERIE LATIDOS en MUTCAST musicoterapia. La idea es seguir el viaje del sonido por el sistema nervioso: desde lo más físico hasta eso tan humano que llamamos “una canción”, “una emoción”, “un recuerdo”.

Y todo el tiempo, una pregunta de fondo: ¿Qué implica todo esto para la musicoterapia?


En el camino aparecerán nombres clave de la neurociencia de la música —Stefan Koelsch, Robert Zatorre, Nina Kraus, Teppo Särkämö, Gottfried Schlaug, Michael Thaut, Petr Janata, entre otros— por si te apetece profundizar.

Episodio en MUTCAST musicoterapia
Episodio en MUTCAST musicoterapia

1) De vibración a señal: cuando el aire se convierte en lenguaje neural

Empecemos por lo básico, casi artesanal. En sesión, cuando suena una canción, cuando alguien canta, cuando golpeamos un tambor… lo primero que existe es aire que vibra.

Esas vibraciones entran por el conducto auditivo, hacen vibrar el tímpano, pasan por la cadena de huesecillos del oído medio (martillo, yunque, estribo) y terminan moviendo la cóclea, en el oído interno.

La cóclea es una maravilla: funciona como un teclado en miniatura. Cada zona “prefiere” ciertas frecuencias: unas responden mejor a los graves, otras a los agudos. A esto se le llama tonotopía.

Entonces ocurre el primer “milagro” (en versión biomédica):las células ciliadas transforman energía mecánica en impulsos electroquímicos. En ese punto, el sonido ya no es aire: es una señal que viaja por el nervio auditivo hacia el cerebro.

Todavía no es “música” como experiencia psicológica. Es, por decirlo simple, un mapa organizado de frecuencias, intensidades y tiempos.


2) Tronco del encéfalo y tálamo: el cerebro empieza a decidir qué importa

La señal llega primero a estaciones muy rápidas y muy antiguas del sistema nervioso.

  • En los núcleos cocleares (tronco del encéfalo) se mantiene el orden tonotópico y se empieza a filtrar información en milisegundos.

  • Después entra en juego el complejo olivar superior, que compara lo que llega de un oído y del otro. Gracias a diferencias pequeñísimas de tiempo e intensidad, el cerebro calcula de dónde viene el sonido.

  • La señal pasa al colículo inferior, donde se detectan cambios rápidos y patrones temporales muy básicos (por ejemplo, aspectos rítmicos iniciales).

  • Y finalmente llega al tálamo (en concreto, al cuerpo geniculado medial), que funciona como un “recepcionista” con criterio: regula qué información sube a la corteza y con qué peso.

Todo esto ocurre tan rápido que, subjetivamente, solo notas: “empieza a sonar algo”. Pero por dentro, tu cerebro ya ha hecho una criba impresionante.


3) Corteza auditiva: el primer mapa consciente del sonido

Desde el tálamo, la señal alcanza la corteza auditiva primaria, en la circunvolución de Heschl, en el lóbulo temporal (sí, más o menos donde se apoyan los auriculares).

Aquí el cerebro organiza el sonido en mapas de:

  • Frecuencia (grave ↔ agudo)

  • Intensidad (suave ↔ fuerte)

  • Tiempo y duración

  • Ubicación espacial

Investigadores como Stefan Koelsch han descrito este nivel dentro de modelos donde la percepción musical avanza desde lo acústico hacia lo emocional y lo “significativo”. En este punto, aún no estamos en la “canción” completa: estamos en parámetros acústicos ordenados.

Y entonces ocurre algo clave: el cerebro no lo procesa todo en un único lugar. Lo distribuye.


4) La música se “descompone” en piezas… y el cerebro trabaja en paralelo

A partir de la corteza auditiva, la música se convierte en un trabajo en equipo. Podemos imaginar módulos que se solapan:

a. Melodía y armonía

Áreas del lóbulo temporal superior y medio analizan contornos melódicos (subidas, bajadas, intervalos, repetición). A la vez, regiones temporales anteriores y zonas frontales inferiores (cercanas al área de Broca) participan en la sintaxis musical: qué progresiones encajan, cuáles sorprenden, cuáles tensan.

Lo bonito es que el cerebro puede detectar algo “fuera de lugar” incluso sin formación musical formal. Es un analista silencioso.

b. Ritmo y pulso (y por qué el cuerpo quiere moverse)

El ritmo activa corteza, sí… pero también estructuras motoras subcorticales como ganglios basales y cerebelo, que ajustan tempo y coordinación. Incluso quietos, al escuchar un pulso marcado se activan áreas motoras y premotoras. Por eso la música “tira” del cuerpo.

c. Timbre (la huella de cada voz, cada instrumento)

El timbre emerge de un trabajo coordinado en torno a la corteza auditiva, especialmente en el lóbulo temporal superior:

  • Circunvolución temporal superior (STG): análisis de espectro y envolvente.

  • Planum temporale: integración auditiva compleja; ayuda a separar fuentes (voz vs acompañamiento).

  • Surco temporal superior (STS): aspectos complejos de la voz y sonidos socialmente relevantes.

Regiones temporales anteriores: reconocimiento de “qué es” ese sonido (“es una guitarra”, “es la voz de…”), combinando timbre con memoria y significado.

d. Emoción y memoria: una red emocional–autobiográfica

Aquí conviene afinar: no es “el sistema límbico” como un bloque, sino una red.

  • Amígdala: no solo miedo; detecta relevancia emocional (tensión, sorpresa, intensidad).

  • Hipocampo y áreas parahipocampales: memoria episódica y contexto; vinculan música con biografía.

  • Corteza cingulada:

    • anterior: evaluación de conflicto/relevancia emocional,

    • posterior/precúneo: memoria autobiográfica y “viajes mentales” al yo.

  • Corteza orbitofrontal: evaluación de valor/placer (“me encanta”, “no lo soporto”).

  • Corteza prefrontal medial: identidad y memoria autobiográfica; estudios como los de Petr Janata muestran su activación robusta cuando una música evoca recuerdos personales.

Dicho llano: la música puede convertirse en un puente entre emoción, memoria y sentido del yo.

e. Atención y control ejecutivo

Cuando la experiencia musical requiere foco (seguir un instrumento, anticipar entradas, improvisar, inhibir impulsos), entran:

  • Prefrontal dorsolateral,

  • corteza parietal,

  • y la red frontoparietal de control.

Por eso la música también puede ser entrenamiento de atención sostenida, flexibilidad cognitiva y memoria de trabajo—funciones muy presentes en muchos objetivos musicoterapéuticos.


5) Música y plasticidad: el cerebro que se transforma

Aquí aparece otro gran eje: la plasticidad cerebral. Investigadores como Robert Zatorre (junto con colegas como Sylvain Herholz) han propuesto el aprendizaje musical como un marco privilegiado para estudiarla: aprender música implica atención sostenida, memoria, control motor fino y emoción. Eso deja huella.

En muchos estudios comparando músicos vs no músicos se observan, por ejemplo:

  • Cambios estructurales:

    • mayor volumen o grosor en corteza auditiva,

    • modificaciones en regiones motoras y cerebelo,

    • diferencias en conectividad (sustancia blanca) en vías como el fascículo arcuato o el cuerpo calloso.

  • Cambios funcionales:

    • mejor discriminación de sonidos y patrones temporales,

    • redes de atención/memoria de trabajo más eficientes,

    • integración auditivo-motora más fina para sincronizarse con el ritmo.

La investigadora Nina Kraus ha mostrado que la formación musical puede afinar respuestas del tronco del encéfalo y de la corteza ante sonidos complejos (habla y música), con beneficios como una mejor comprensión del habla en ruido, especialmente en infancia cuando hay programas sostenidos.

Y Teppo Särkämö (Finlandia) ha encontrado que, tras un ictus, escuchar música a diario en fases tempranas puede favorecer recuperación de memoria, atención y estado de ánimo, asociándose también a cambios en regiones frontotemporales y límbicas.

Ojo: esto no significa que “la música nos convierta en superhéroes”. Pero sí sostiene una idea sencilla y potente: el cerebro cambia, y la práctica musical —incluida la musicoterapia— puede contribuir a orientar esa plasticidad.


6) Entonces… ¿qué significa esto para la musicoterapia?

Bajemos a suelo clínico.

Si juntamos todo el recorrido, aparecen ideas prácticas muy claras:


a. La música no tiene un “centro” único: es una red distribuida

Cuando intervenimos con música se activan, coordinadas:

  • redes auditivas,

  • redes motoras y temporizadoras (ganglios basales, cerebelo),

  • redes emocionales y autobiográficas (amígdala, hipocampo, cingulada, orbitofrontal, prefrontal medial),

  • redes de atención y control ejecutivo.

Para musicoterapia, esto significa algo valioso: la música es multimodal por naturaleza. Una intervención bien diseñada puede tocar movimiento, emoción, cognición y relación a la vez.

b. El ritmo engancha al sistema motor (y esto tiene aplicaciones directas)

La base neuroanatómica del acoplamiento rítmico está detrás de enfoques como la Rhythmic Auditory Stimulation (RAS) y otras técnicas de musicoterapia neurológica (Michael Thaut, grupos como el de Gottfried Schlaug).

En la práctica, esto abre puertas para:

  • regular marcha, coordinación y postura,

  • apoyar prosodia y ritmo del habla en afasias u otras dificultades,

  • usar el ritmo como andamiaje temporal, no como fondo decorativo.

c. La música llega rápido a emoción y memoria

Las conexiones entre corteza auditiva y redes emocionales/autobiográficas explican por qué:

  • en demencia, una canción significativa puede reactivar contacto, iniciativa, lenguaje y recuerdos,

  • en trauma o duelo, ciertas músicas permiten acceder a emociones difíciles de nombrar con un marco de contención estética y relacional,

  • y por qué la música biográfica puede ayudar a reconectar a la persona con su historia y su identidad (prefrontal medial, Janata).

d. La plasticidad es real, pero necesita estructura y repetición

La evidencia sobre entrenamiento musical y recuperación nos recuerda algo incómodo, pero honesto:no basta con “poner música” y esperar cambios profundos.

Cuando se buscan efectos funcionales (marcha, lenguaje, atención, regulación emocional), las intervenciones suelen necesitar:

  • repetición en el tiempo,

  • estructura en parámetros musicales,

  • personalización,

  • y coordinación con el equipo terapéutico.


Para cerrar: tres ideas para quedarnos hoy

  1. La música entra por el oído, pero muy pronto deja de ser “solo sonido” y se vuelve actividad cerebral distribuida.

  2. El sistema nervioso despieza la experiencia (melodía, ritmo, timbre, tempo…) y la recompone consultando emoción y memoria hasta que se convierte en algo coherente: una canción, un recuerdo, un momento compartido.

  3. Justo porque activa tantos sistemas a la vez, la música es una herramienta privilegiada en rehabilitación neurológica, salud mental, envejecimiento activo y proyectos comunitarios, entre otros contextos terapéuticos.


Mirar la música desde la anatomía cerebral no le quita poesía; le añade legitimidad clínica.

En las próximas entradas, esta base anatómica nos llevará a la neuroquímica de la música: dopamina, cortisol, oxitocina, endorfinas… ese “laboratorio interior” que se activa cuando la música nos toca, y lo que significa cuando hacemos musicoterapia.

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